Nuestra
percepción del mundo, esa única percepción que no podemos
comparar con la de nadie más (por ahora), es la que nos engaña día
a día. Creemos en lo que percibimos, en un mundo que nuestro cerebro
recrea instante a instante. Creemos que este mundo es el mismo para
los demás, y no nos paramos a pensar que no hay manera de comprobar
ésto, y que nunca podremos saber qué es lo que percibe (su
experiencia) otra persona cuando es expuesta a un estímulo
cualquiera, al menos de momento.
Creemos
con certeza lo que vemos, y basamos nuestra forma de relacionarnos
con el mundo en base a esas percepciones, sin pararnos a dudar de
ellas en ningún momento. Del mismo modo, afirmamos como ciertas
nuestras creencias, sin cuestionarlas, y actuamos en base a
ellas, sin pensar que otras diferentes pueden tener la misma validez.
El criterio de validez a cerca de una gran parte de nuestras
creencias, es un criterio subjetivo, contextual y utilitarista,
y como tal convierte a la creencia en válida sólo en una parcela de
la realidad, más concretamente, válida en nuestra parcela de
realidad, en esa realidad que no es tal, sino que sólo lo es para
nosotros.
En
base a lo anterior, es comprensible que en nuestras relaciones con
otros seres humanos encontremos conflictos causados por opiniones
(creencias) diferentes respecto a los más diversos temas. Lo
raro, extraño y sin sentido, sería no encontrar discrepancias, en
cuyo caso la individualidad o la sinceridad podrían no estar
presentes.
Muchos
de estos conflictos surgen por causa de la identificación que
llegamos a tener con algunas de las creencias que decimos defender.
Podemos llegar a sentir que esas creencias son parte de nuestra
identidad, son parte de lo que somos (de esto hay múltiples
ejemplos: soy de A equipo; soy de B partido político;
soy de C ideología; el mejor modo de hacer D es E; soy
F (póngase aquí cualquier adjetivo); la G comida es la
mejor; H siempre es así; I es el mejor; J es el
peor; …..).
Cuando
pensamos que las creencias nos definen, que son inmutables y nos
identificamos con ellas pensando que son transcendentales para
nuestra vida y para entender quienes somos, es cuando estamos
limitando nuestra identidad a través de palabras (conceptualizando,
categorizando). Con esta limitación, estamos dejando de lado el
resto de realidad y creencias sobre ésta, dando un trato
preferente, un trato de favor a esas creencias que definimos con
palabras (A, B, C, D, E.....).
Al
sentir como propia una creencia y pensar que ésta nos define, caemos
en el riesgo de sentir que se nos está dañando o que se va en
contra nuestra cuando escuchamos creencias diferente u opuestas a las
nuestras. En estos casos podemos llegar a tomárnoslo como algo
personal, ya que es como si nuestra identidad estuviese en
juego, como si estuviese en juego nuestro YO, y por ello haremos todo
lo posible para defenderlo, llegando incluso a nivel físico,
perdiendo los nervios.
“Dos
no discuten si uno no quiere”
No
existe discusión posible cuando tenemos en mente que las creencias
respecto al mundo son sólo eso, creencias, que no hay más veracidad
detrás de ellas que la que le queramos otorgar en un momento dado.
La
flexibilidad es necesaria para poder comprender que nuestro
modo de percibir la realidad no es más correcto que el de cualquier
otro, y que por lo tanto, nuestras creencias respecto al mundo no son
mejores ni peores, sino que simplemente son creencias, al igual que
las de cualquier otra persona. Del mismo modo es necesaria la
flexibilidad para poder aceptar que creencias opuestas pueden
coexistir en una misma persona incluso en nosotros mismos, que no
todo es blanco o negro, que existen multitud de matices.
Es
importante tener presente que estas formas de pensar respecto a
cualquier tema (creencias) están basadas en nuestra experiencia
previa en el mundo, en nuestras vivencias, y como tal serán únicas,
pues no existen dos personas que hayan experimentado lo mismo a lo
largo de su vida.
P.D:
Existe una diferencia cualitativa entre aquellas creencias que
pueden y han sido comprobadas empíricamente (ciencia) y aquellas que
no pueden serlo (en su mayoría opiniones), siendo éstas últimas en
las que está basada la reflexión del texto, p.e. “el sol se
mueve alrededor de la tierra” y “creo que soy el peor del
mundo”.