jueves, 7 de abril de 2016

Opinión

    

  

    Nuestra percepción del mundo, esa única percepción que no podemos comparar con la de nadie más (por ahora), es la que nos engaña día a día. Creemos en lo que percibimos, en un mundo que nuestro cerebro recrea instante a instante. Creemos que este mundo es el mismo para los demás, y no nos paramos a pensar que no hay manera de comprobar ésto, y que nunca podremos saber qué es lo que percibe (su experiencia) otra persona cuando es expuesta a un estímulo cualquiera, al menos de momento.

     Creemos con certeza lo que vemos, y basamos nuestra forma de relacionarnos con el mundo en base a esas percepciones, sin pararnos a dudar de ellas en ningún momento. Del mismo modo, afirmamos como ciertas nuestras creencias, sin cuestionarlas, y actuamos en base a ellas, sin pensar que otras diferentes pueden tener la misma validez. El criterio de validez a cerca de una gran parte de nuestras creencias, es un criterio subjetivo, contextual y utilitarista, y como tal convierte a la creencia en válida sólo en una parcela de la realidad, más concretamente, válida en nuestra parcela de realidad, en esa realidad que no es tal, sino que sólo lo es para nosotros.

     En base a lo anterior, es comprensible que en nuestras relaciones con otros seres humanos encontremos conflictos causados por opiniones (creencias) diferentes respecto a los más diversos temas. Lo raro, extraño y sin sentido, sería no encontrar discrepancias, en cuyo caso la individualidad o la sinceridad podrían no estar presentes.

     Muchos de estos conflictos surgen por causa de la identificación que llegamos a tener con algunas de las creencias que decimos defender. Podemos llegar a sentir que esas creencias son parte de nuestra identidad, son parte de lo que somos (de esto hay múltiples ejemplos: soy de A equipo; soy de B partido político; soy de C ideología; el mejor modo de hacer D es E; soy F (póngase aquí cualquier adjetivo); la G comida es la mejor; H siempre es así; I es el mejor; J es el peor; …..).

     Cuando pensamos que las creencias nos definen, que son inmutables y nos identificamos con ellas pensando que son transcendentales para nuestra vida y para entender quienes somos, es cuando estamos limitando nuestra identidad a través de palabras (conceptualizando, categorizando). Con esta limitación, estamos dejando de lado el resto de realidad y creencias sobre ésta, dando un trato preferente, un trato de favor a esas creencias que definimos con palabras (A, B, C, D, E.....).

     Al sentir como propia una creencia y pensar que ésta nos define, caemos en el riesgo de sentir que se nos está dañando o que se va en contra nuestra cuando escuchamos creencias diferente u opuestas a las nuestras. En estos casos podemos llegar a tomárnoslo como algo personal, ya que es como si nuestra identidad estuviese en juego, como si estuviese en juego nuestro YO, y por ello haremos todo lo posible para defenderlo, llegando incluso a nivel físico, perdiendo los nervios.


Dos no discuten si uno no quiere”


     No existe discusión posible cuando tenemos en mente que las creencias respecto al mundo son sólo eso, creencias, que no hay más veracidad detrás de ellas que la que le queramos otorgar en un momento dado.

     La flexibilidad es necesaria para poder comprender que nuestro modo de percibir la realidad no es más correcto que el de cualquier otro, y que por lo tanto, nuestras creencias respecto al mundo no son mejores ni peores, sino que simplemente son creencias, al igual que las de cualquier otra persona. Del mismo modo es necesaria la flexibilidad para poder aceptar que creencias opuestas pueden coexistir en una misma persona incluso en nosotros mismos, que no todo es blanco o negro, que existen multitud de matices.

     Es importante tener presente que estas formas de pensar respecto a cualquier tema (creencias) están basadas en nuestra experiencia previa en el mundo, en nuestras vivencias, y como tal serán únicas, pues no existen dos personas que hayan experimentado lo mismo a lo largo de su vida.


P.D: Existe una diferencia cualitativa entre aquellas creencias que pueden y han sido comprobadas empíricamente (ciencia) y aquellas que no pueden serlo (en su mayoría opiniones), siendo éstas últimas en las que está basada la reflexión del texto, p.e. “el sol se mueve alrededor de la tierra” y “creo que soy el peor del mundo”.

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