Parte de nuestro pensamiento
utiliza la comparación para poder construir nuestra realidad, ya que
mucha de esta realidad está sustentada por las dualidades (p.e.
alto-bajo; grande-pequeño; mejor-peor...).
El resultado de las
comparaciones que hacemos conscientemente o inconscientemente, como
cualquier proceso mental que implique el lenguaje, puede influir
sobre nuestro estado anímico. Esto quiere decir que la comparación,
como casi cualquier pensamiento, tiene unas implicaciones a nivel
emocional, a nivel afectivo, que influirá sobre nosotros.
Muchas comparaciones son
inconscientes y se traducen en lo que se denomina “envidia”, o lo
que es lo mismo, en querer o desear aquello que en ese momento no
tenemos (también puede ser una comparación consciente). Este tipo
de comparación (la envidia) es consecuencia de elegir un referente
que tiene algo que nos gustaría tener. Si en lugar de elegir ese
referente con el que compararnos, hubiésemos elegido otro que no
tuviese algo que deseásemos, no surgiría este sentimiento. En este
último caso podría suceder que simplemente llegásemos a la
conclusión de que hay “cosas” que la otra persona tiene, pero
que nosotros no, y sin embargo no nos produciría envidia pues esas
“cosas” no nos resultan atractivas, no afectando a nuestro estado
emocional.
La comparación sucede a nivel
social (a no ser que sea a través del tiempo y nos comparemos con nosotros mismos), y como tal, estará influenciada por los referentes
sociales, que al fin y al cabo no son más que quienes reflejan las
características que a nivel social son más valoradas.
Otro tipo de comparación puede
surgir cuando el referente carece de algo que nosotros valoramos, es
decir, su situación es peor que la nuestra (siempre desde nuestro
punto de vista). En este caso, el sentimiento que nos puede generar
la comparación puede ser “positivo” (agradable) para nosotros,
pues valoramos lo que tenemos y nos sentimos bien por tenerlo.
De este modo podemos observar
como en función del referente que elijamos para realizar la
comparación, podemos despertar unas emociones u otras en nosotros.
Dependiendo si nos comparamos “para bien” o “para mal”.
Al final, lo que importa, más
allá del referente de la comparación, es el ser consciente de la
comparación en sí, ya que sólo de esta forma podremos elegir un
modo adecuado de reaccionar ante la emoción que nos transmite la
comparación. Y es esto último, la forma de reaccionar, lo que
marcará la diferencia, ya que será la que determine la dirección
en la que encaucemos nuestros sentimientos.
