sábado, 30 de abril de 2016

COMPARANDO

  Parte de nuestro pensamiento utiliza la comparación para poder construir nuestra realidad, ya que mucha de esta realidad está sustentada por las dualidades (p.e. alto-bajo; grande-pequeño; mejor-peor...).




   El resultado de las comparaciones que hacemos conscientemente o inconscientemente, como cualquier proceso mental que implique el lenguaje, puede influir sobre nuestro estado anímico. Esto quiere decir que la comparación, como casi cualquier pensamiento, tiene unas implicaciones a nivel emocional, a nivel afectivo, que influirá sobre nosotros.

   Muchas comparaciones son inconscientes y se traducen en lo que se denomina “envidia”, o lo que es lo mismo, en querer o desear aquello que en ese momento no tenemos (también puede ser una comparación consciente). Este tipo de comparación (la envidia) es consecuencia de elegir un referente que tiene algo que nos gustaría tener. Si en lugar de elegir ese referente con el que compararnos, hubiésemos elegido otro que no tuviese algo que deseásemos, no surgiría este sentimiento. En este último caso podría suceder que simplemente llegásemos a la conclusión de que hay “cosas” que la otra persona tiene, pero que nosotros no, y sin embargo no nos produciría envidia pues esas “cosas” no nos resultan atractivas, no afectando a nuestro estado emocional.

La comparación sucede a nivel social (a no ser que sea a través del tiempo y nos comparemos con   nosotros mismos), y como tal, estará influenciada por los referentes sociales, que al fin y al cabo no son más que quienes reflejan las características que a nivel social son más valoradas.

   Otro tipo de comparación puede surgir cuando el referente carece de algo que nosotros valoramos, es decir, su situación es peor que la nuestra (siempre desde nuestro punto de vista). En este caso, el sentimiento que nos puede generar la comparación puede ser “positivo” (agradable) para nosotros, pues valoramos lo que tenemos y nos sentimos bien por tenerlo.

   De este modo podemos observar como en función del referente que elijamos para realizar la comparación, podemos despertar unas emociones u otras en nosotros. Dependiendo si nos comparamos “para bien” o “para mal”.

   Al final, lo que importa, más allá del referente de la comparación, es el ser consciente de la comparación en sí, ya que sólo de esta forma podremos elegir un modo adecuado de reaccionar ante la emoción que nos transmite la comparación. Y es esto último, la forma de reaccionar, lo que marcará la diferencia, ya que será la que determine la dirección en la que encaucemos nuestros sentimientos.

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